Por: Javier Yoplac (Director)
Históricamente, la diplomacia de los Estados Unidos ha operado bajo un velo de «promoción de la democracia» y «respeto a los derechos humanos». Un ejercicio de hipocresía institucionalizada que permitía avanzar intereses imperiales bajo el lenguaje de la cooperación. Sin embargo, el fenómeno de Donald Trump ha roto ese cristal. Su estilo, caracterizado por un «acto reflejo» de decir abiertamente lo que otros presidentes solo ejecutaban en la sombra, nos deja ante un imperialismo crudo, autoritario y desprovisto de adornos retóricos.
Para el Perú, este «desnudamiento» de la política gringa llega en un momento crítico: las puertas de las elecciones generales de 2026. Todo parece indicar que Washington no será un espectador ajeno. Bajo la lógica de Trump, América Latina ha dejado de ser una región de naciones soberanas para volver a ser el «patio trasero» regido por una Doctrina Monroe operativa y agresiva. En este esquema, el control de los recursos estratégicos y el alineamiento político no se negocian; se imponen.
La trampa de la «defensa» subordinada
El ejemplo más alarmante de esta pérdida de soberanía se manifiesta en la intención del actual gobierno de transición peruano de concretar la compra de aviones de combate a Estados Unidos.
A primera vista, se presenta como una modernización necesaria de nuestras fuerzas armadas. No obstante, un análisis independiente revela una contradicción estratégica profunda: ¿Para qué adquirir tecnología de guerra a un país que retiene el control final sobre su uso?
La experiencia geopolítica demuestra que comprar armamento de alto nivel a la potencia del norte nos ata a sus licencias, software y suministros de mantenimiento. En la práctica, el Perú no sería dueño de sus aviones, sino un arrendatario condicionado. Si mañana los intereses de Lima chocaran con los de Washington, esos aviones serían meras piezas de museo sin capacidad de despegue. Es una compra que no busca la defensa de la patria, sino la sumisión tecnológica y política. Es, en esencia, un contrato de esclavitud militar que nos subordina al arbitrio de la Casa Blanca.
2026: ¿Elección de presidente o designación de «gobernador»?
La visión de Trump sobre Venezuela, a la que considera un botín petrolero y a cuyo mandatario ve como un «gobernador» sujeto a su autoridad, es el espejo donde el Perú debe mirarse. Si permitimos que la influencia estadounidense tutele el proceso electoral de 2026, corremos el riesgo de que las urnas no elijan a un representante del pueblo, sino a un administrador de los intereses imperiales en el Altiplano y la Costa.
El fascismo imperial contemporáneo no necesita invadir con tropas si puede invadir con deudas, bloqueos y, sobre todo, con el control del aparato militar del país «aliado». La hipocresía de los gobiernos anteriores en EE. UU. mantenía las formas; Trump, en cambio, expone la realidad: el derecho internacional solo existe cuando sirve para sancionar a los enemigos de Washington, pero se ignora cuando se trata de proteger a sus aliados o sus propios intereses.
Conclusión
El Perú se encamina a un 2026 donde la verdadera disputa no será entre izquierda o derecha, sino entre soberanía o protectorado. La compra de aviones estadounidenses y la permisividad ante la injerencia externa son señales de un Estado que parece haber olvidado su dignidad nacional en favor del vasallaje.
Frente a un imperio que ha decidido quitarse la máscara y mostrar su rostro más violento y mercantilista, la respuesta no puede ser la sumisión disfrazada de modernidad. Defender el Perú hoy significa rechazar las ataduras militares que nos vuelven dependientes y exigir que el destino del país se decida en nuestras calles y plazas, y no en los despachos de Washington. La hipocresía ha terminado; es hora de que la soberanía comience.
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