Por: Javier Yoplac (Editorial)
En los últimos días, el mundo ha sido testigo de una confesión de parte que debería erizar la piel de cualquier defensor de la soberanía en América Latina. A través de su red Truth Social, Donald Trump ha detallado el cierre del negocio que -su gobierno- tomará de Venezuela. No es una alianza comercial; es una intervención administrativa sobre los activos de una nación quebrada.
La aritmética es brutal: Trump anunció que recibirá entre 30 y 50 millones de barriles de petróleo, con un valor de 2,500 millones de dólares. Pero la «letra chica» es lo que define esta nueva era: «Yo, como presidente de los EE. UU., controlaré los fondos para garantizar que se utilicen en beneficio del pueblo de Venezuela y de los Estados Unidos». Horas después, completó la estocada: Venezuela estará obligada a comprar ÚNICAMENTE productos fabricados en Estados Unidos con ese dinero.
El Retorno al Siglo XVI: Mercantilismo y Enclave
Lo que Trump ha bautizado como un «acuerdo» es, en realidad, la resurrección de la lógica colonial de hace 500 años. Estamos retrocediendo a la época en que la metrópoli prohibía a sus colonias comerciar con terceros.
El esquema es un círculo de hierro:
- Extracción del bien natural: El imperio se lleva la materia prima (el petróleo).
- Monopolio de divisas: El dinero nunca entra a Venezuela; se queda en un fideicomiso en Washington.
- Mercado Cautivo: Venezuela no podrá comprar medicinas en Europa, tecnología en Asia o alimentos en el resto de la región. Deberá devolver cada dólar comprando manufacturas estadounidenses, subvencionando así la industria del Norte con la riqueza del Sur.
Este modelo garantiza que Venezuela nunca se industrialice. Es la condena a ser una «estación de servicio» perpetua, donde no se puede fabricar ni un tornillo sin permiso del administrador.
La Élite: Inquilinos en su propia Patria
Este despojo no sería posible sin el componente humano: la cobardía mayúscula de una clase política y empresarial alta que ha preferido entregar las llaves del país con tal de no perder su estatus.
Durante años, esta élite, en lugar de liderar una resistencia orgánica y soberana para liberar al país de su propio yugo interno, se dedicó a mendigar una intervención externa. Prefirieron las cenas en Florida y los cabildeos en Washington antes que el barro de la lucha política real en sus calles.
A esta clase alta no le aterra perder la soberanía; le aterra perder su estatus. Les importa poco si el petróleo se vende a precio de gallina flaca o si el país se convierte en un mercado cautivo donde no se puede fabricar ni un tornillo sin permiso yanqui. Mientras ellos puedan mantener sus cuentas en el exterior, sus privilegios de clase y su estilo de vida, están dispuestos a aceptar que Venezuela sea gestionada como una simple sucursal. Al final, a la mierda el pueblo. El ciudadano común, el que no tiene visa ni cuenta en dólares, es quien pagará la factura de este «neo-mercantilismo» comprando medicinas y comida importada a precios fijados por el protectorado.
Perú: Un Espejo de Advertencia
Esta tragedia venezolana debe servir como un espejo oscuro para el Perú. No somos ajenos a este peligro. En nuestra política interna abundan los personajes que piensan exactamente igual que la élite caraqueña: políticos «vende-patria» que, ante cualquier crisis, corren a buscar el aval del poder yanqui o de organismos internacionales antes que buscar soluciones soberanas.
Hoy vemos con preocupación a sectores que están dispuestos a entregar nuestros recursos estratégicos y nuestra autonomía política a cambio de un espaldarazo extranjero que garantice su permanencia en el poder. Son los sumisos al poder de turno, los que no dudan en hipotecar el gas, los minerales o los puertos si eso les asegura que «el modelo» (su bienestar) no será tocado.
A tener cuidado a la hora de votar. Debemos identificar a esos candidatos que carecen de columna vertebral, a los que prefieren ser capataces de una hacienda extranjera que presidentes de una nación soberana. Ya sabemos qué es lo que buscan: su propio estatus económico por encima del bienestar de todos.
Conclusión
La libertad no se importa, se conquista. Venezuela es hoy el ejemplo de lo que sucede cuando una nación se cansa de luchar por sí misma y entrega su destino a un «salvador» transaccional. La Doctrina «DonRoe» es el castigo a la cobardía de una élite que, por no querer perder su estatus, terminó entregando el petróleo, el comercio y el alma de su país. Que el Perú no se mire en ese espejo; que nuestra soberanía no sea el precio de la comodidad de unos pocos políticos sumisos.
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