La historia de la libertad sudamericana no se escribió con tinta sobre papel, sino con sangre y pólvora en una llanura a más de 3.000 metros de altura. Hoy se conmemora un año más de la Batalla de Ayacucho, el enfrentamiento final donde el Ejército Unido Libertador, bajo el mando de Antonio José de Sucre, sepultó definitivamente las pretensiones imperiales de España en América del Sur.
Pero aquella mañana del 9 de diciembre de 1824, antes de que el cañón tronara, ocurrió un hecho insólito que Ricardo Palma bautizaría más tarde como «Pan, queso y raspadura». A las ocho de la mañana, el general realista Juan Antonio Monet y el patriota José María Córdova pactaron una breve tregua. En tierra de nadie, oficiales y soldados de ambos bandos —muchos de ellos hermanos, primos o antiguas camaradas— cruzaron líneas no para matarse, sino para abrazarse.
Fue el último vestigio de la humanidad. Tras el saludo caballeroso y el fracaso de un intento final de negociación pacífica, cada hombre volvió a su trinchera. La guerra reclamaba su cuota.
El error fatal en el Condorcunca
La estrategia realista, diseñada por el general Canterac, apostaba por la audacia, pero terminó en suicidio táctico. El plan consistía en descender masivamente por las faldas del cerro Condorcunca para aplastar a los patriotas en la llanura. Sin embargo, Sucre, un estratega paciente, leyó la fatalidad en el movimiento enemigo: al bajar por la pendiente expuesta, los realistas eran vulnerables, incapaces de camuflar su formación.
Mientras el general realista Valdés intentaba rodear el flanco patriota por el norte —siendo frenado por la férrea resistencia de la división de La Mar y los Húsares de Junín—, en el centro se desataba el infierno.
El coronel realista Joaquín Rubín de Celis, guiado por la impaciencia y el estruendo del combate, adelantó su ataque de forma imprudente. Fue el primer dominó en caer: su unidad fue aislada y destrozada por la caballería colombiana.
«Paso de vencedores»
Fue entonces cuando la historia encontró a su protagonista. Viendo el desorden enemigo en la rampa del cerro, el general José María Córdova tomó una decisión que raya en la leyenda. Desmontó de su caballo, se colocó al frente de su infantería y, con el sombrero en mano, lanzó la orden que retumbaría por siglos:
“División, armas a discreción, de frente, paso de vencedores”.
La carga fue devastadora. La división de Monet y la caballería de Ferraz, atrapadas en el descenso, fueron barridas por la metralla patriota antes de poder siquiera formar filas en el llano. Batallones de renombre como el ‘Burgos’ y el ‘Infante’ fueron aniquilados en la pendiente.
El caos se apoderó del ejército real. Los reclutas de los batallones Gerona, lejos de ser los veteranos de antaño, fueron atropellados por su propia caballería en retirada. La desmoralización fue tal, que soldados realistas llegaron a disparar contra sus propios oficiales en su desesperación por huir.
El fin de una era
A la una de la tarde, el sol de la sierra iluminaba un escenario dantesco y glorioso. El Virrey La Serna, herido y capturado, entregaba su espada. Aunque la división de Valdés resistía agónicamente en un flanco, la suerte estaba echada.
El saldo fue brutal: 1.800 muertos y 700 heridos por el bando realista, frente a 370 bajas mortales de los patriotas. Con la retaguardia tomada y el ejército destruido, Canterac no tuvo más opción que firmar la Capitulación de Ayacucho.
Aquella tarde, en la Pampa de la Quinua, no solo se ganó una batalla. Se cerró un ciclo de 300 años y nació, entre el humo y el «paso de vencedores», la verdadera identidad de una América libre.
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