Por: Javier Yoplac (Editorial)
El 62° aniversario de Jesús María, celebrado en la Concha Acústica del Campo de Marte, dejó una postal difícil de ignorar: un recinto a medio llenar que evidenció la desconexión entre la actual administración y el vecino. Lo que debió ser una fiesta de identidad distrital terminó siendo una puesta en escena de formas moderadas, favoritismos políticos y una logística que naufragó entre el exceso de burocracia digital y la improvisación de último minuto.
Fracaso en la convocatoria y controles de «papel»
Resulta paradójico que la Municipalidad haya desplegado una campaña exigiendo a los vecinos una inscripción previa a través de la plataforma digital de Ticketmaster si, al final del día, el local no alcanzó ni la mitad de su capacidad. Más contradictorio aún fue que, tras el despliegue tecnológico, bastara con mostrar cualquier DNI para ingresar, sin importar si se era residente del distrito o no. ¿Para qué complicar al vecino con registros digitales si las puertas terminarían abiertas de par en par ante la escasa afluencia?
Este vacío en las graderías no es solo un error logístico; es un termómetro del entusiasmo ciudadano hacia una gestión que parece hablarle a una pantalla y no a la calle.
Del escándalo al recato estratégico
En el escenario, observamos a un alcalde Jesús Gálvez llamativamente mesurado. Quedaron en el baúl de los recuerdos los movimientos exagerados y aquel «baile del totó» que en su primer aniversario escandalizaron a los sectores más conservadores del distrito. Esta metamorfosis conductual —que duró, al menos, hasta que el frío arreció— parece responder más a un repliegue estratégico que a una maduración política real. El alcalde cambió el espectáculo por el discurso, pero en la política, el silencio de los pies y del TOTÓ no siempre garantiza la prudencia de la lengua.
El «corazón celeste» y el sesgo democrático
El burgomaestre caminó sobre el filo de la ley electoral en sus alocuciones. Su mención a elegir «adecuadamente» en las próximas presidenciales dejó un rastro inconfundible de su gratitud hacia la facción «celeste» que lo llevó al poder. Sin embargo, el punto más cuestionable fue el uso de la pantalla oficial para proyectar saludos de una selección muy específica de exalcaldes: Carlos Bringas, Jorge Quintana y Enrique Ocrospoma.
Promocionar los rostros de esta «cofradía» —considerando que uno de ellos ya ha manifestado su ambición de retornar al sillón municipal— no es cortesía institucional, es favoritismo político. Si la intención fuera genuinamente democrática y plural, el municipio habría convocado a todos los precandidatos o figuras representativas del espectro político local. Lo que vimos fue un club de amigos validado con recursos públicos.
Gestión y desconsideración climática
Es necesario reconocer los aciertos: la exhibición de la nueva flota de seguridad y los escúteres es una señal de gestión necesaria. No obstante, la organización falló en lo humano. Mantener a la audiencia —en su mayoría adultos y familias— bajo un frío gélido hasta pasada la medianoche para el sorteo del automóvil fue un despropósito. Ver a la gente retirarse antes del premio mayor no solo por el clima insoportable sino también por ser un día de semana de trabajo, demuestra una falta de sensibilidad logística elemental.
El cemento sobre la identidad: un legado compartido
Finalmente, el tema de fondo que subyace a cualquier celebración: la destrucción de la identidad residencial de Jesús María. Bajo esta gestión, y siguiendo la estela dejada por Bringas, Quintana y Ocrospoma, el distrito continúa entregado al crecimiento vertical descontrolado. Se siguen validando «avenidas de papel» que en la realidad son calles estrechas, solo para permitir edificios que asfixian el barrio. Es lamentable que los comités vecinales, en lugar de ser el último bastión de defensa, hayan terminado avalando este modelo inmobiliario bajo las últimas cuatro administraciones.
Conclusión
Jesús María celebró 62 años en una Concha Acústica que le quedó grande, no por su tamaño, sino por la falta de convocatoria real. El alcalde Gálvez ha demostrado que puede moderar sus formas, pero ahora le toca demostrar que puede gobernar sin favoritismos de «cofradía» y, sobre todo, que puede frenar la voracidad inmobiliaria que amenaza con dejar al distrito sin alma y sin cielo.
El aniversario pasó, pero las dudas sobre la imparcialidad y el futuro residencial del distrito siguen más vigentes que nunca. El frío de las graderías vacías debería dejarle una lección urgente.
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