El Perú ha inaugurado un nuevo capítulo en su interminable saga de inestabilidad. José María Balcázar Zelada, un exjuez supremo de 83 años y militante de Perú Libre, ha jurado como el octavo presidente del país en una década. Su llegada al poder, sin embargo, no debe leerse como un triunfo de la izquierda marxista, sino como el desenlace de un enredado cálculo político donde la llamada «derecha achorada» ha decidido sacrificar una ficha para construir su próximo «caballito de batalla» electoral.
La caída de Alva y el pragmatismo del «mal menor»
La derrota de María del Carmen Alva (Acción Popular) frente a Balcázar (64 votos a 46) dejó al descubierto las grietas en el bloque conservador. Alva, cuya gestión previa estuvo marcada por el autoritarismo, incidentes de agresión física y un discurso cargado de tintes racistas, se volvió una figura «invendible» incluso para sus aliados.
En este vacío, emergió Balcázar. Pero, ¿quién está realmente detrás de él? Aunque formalmente pertenece al partido de Vladimir Cerrón y Pedro Castillo, su supervivencia en el Congreso ha dependido de una alianza tácita con el fujimorismo y sus satélites. Balcázar no es un extraño para la derecha; es un aliado funcional que ha caminado junto a ellos en la captura de instituciones clave como el Tribunal Constitucional y la Defensoría del Pueblo.
El «Caballito de Batalla»: El cinismo como estrategia electoral
Lo más impactante de esta elección es el giro narrativo que han tomado partidos como Fuerza Popular, Renovación Popular y Avanza País. Tras haber cogobernado y compartido intereses con Perú Libre durante todo el periodo parlamentario —en lo que muchos analistas llamaron la «coalición pro-impunidad»—, ahora intentan utilizar la figura de Balcázar como el espantapájaros perfecto.
Para estas agrupaciones, tener a un hombre de Perú Libre en la presidencia durante los próximos cinco meses es un regalo político. Les permite reactivar el discurso del «peligro comunista» y presentarse como los «salvadores de la democracia» de cara a las elecciones de abril de 2026. Es una estrategia de amnesia selectiva: buscan que el electorado olvide que fueron ellos quienes, con sus votos y negociaciones bajo la mesa, permitieron que esta izquierda —a la que hoy llaman amenaza— mantuviera cuotas de poder fundamentales.
Un presidente con pies de barro y sombras morales
La figura de Balcázar es, por decir lo menos, alarmante. A sus 83 años, arrastra un lastre que lo debilita ante la opinión pública:
- Debilidades éticas: Sus declaraciones justificando las relaciones sexuales de adultos con menores como algo «formativo» han generado el repudio internacional y de organizaciones de Derechos Humanos.
- Cuestionamientos judiciales: Denunciado por apropiación de fondos y bajo la sospecha de haber negociado votos con la exfiscal Patricia Benavides para archivar sus procesos.
- Fortalezas relativas: Su única fortaleza es su carácter transitorio. Balcázar es un «presidente de cristal» que no tiene bancada propia fuerte ni respaldo popular, lo que lo hace totalmente dependiente de los humores de un Congreso que puede censurarlo o sostenerlo según convenga al guion electoral.
El reto de los cinco meses
En su primer mensaje, Balcázar ofreció «diálogo» y prometió elecciones limpias para el 12 de abril. Sin embargo, su mayor reto no será gobernar, sino evitar ser el peón sacrificable en la guerra mediática que ya inició la derecha radical. Mientras él ocupa el sillón de Pizarro, sus antiguos aliados de la derecha ya están en las calles señalándolo como el rostro del radicalismo para sumar votos, ocultando que fueron ellos mismos quienes le abrieron la puerta.
El Perú se encamina a una transición de riesgo, donde la estabilidad no depende de la gestión del nuevo presidente, sino de cuánto tiempo le sea útil a la derecha mantener viva la imagen de un «enemigo» en Palacio para alimentar su campaña presidencial.
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