Desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, Europa ha vivido bajo una certeza que parecía inamovible: en caso de peligro, Estados Unidos siempre estaría allí. Sin embargo, el 2024 ha marcado un punto de inflexión. La frase que el presidente francés, Emmanuel Macron, pronunció recientemente en la Sorbona —“Nuestra Europa es mortal y puede morir”— ha dejado de ser una hipérbole retórica para convertirse en un plan de acción urgente.
El concepto de «Autonomía Estratégica», antes visto como una ambición francesa aislada, es hoy el mantra de Bruselas. Europa ha comprendido que la era en la que delegaba su seguridad a un aliado transatlántico está llegando a su fin.
La triple sacudida: Rusia, Trump y el Pacífico
Tres factores han sacado a los líderes europeos de su letargo defensivo:
- El despertar sangriento en Ucrania: La invasión rusa de 2022 desnudó las carencias de Europa. Tras décadas de recortes, los ejércitos europeos descubrieron que sus reservas de munición apenas durarían días en un conflicto de alta intensidad. La dependencia de la logística y la inteligencia estadounidense para apoyar a Kiev fue un golpe de realidad.
- El «Factor Trump» y la duda existencial: Las declaraciones de Donald Trump, sugiriendo que no defendería a los aliados que no «paguen sus facturas», han roto el tabú de la solidaridad automática de la OTAN. Por primera vez en 75 años, Europa se plantea seriamente qué pasaría si el teléfono de la Casa Blanca no responde ante una emergencia en el Báltico.
- El giro hacia Asia: Independientemente del color político en Washington, el interés estratégico de EE. UU. se ha desplazado al Indo-Pacífico. Para el Pentágono, el enemigo principal es China; Europa ha pasado de ser el escenario principal a ser un «teatro secundario» que debe aprender a gestionarse solo.
De las palabras a los tanques: El rearme europeo
La respuesta no se ha hecho esperar. Por primera vez en la historia moderna, los presupuestos de defensa europeos están batiendo récords. Alemania, tradicionalmente reacia al gasto militar, ha destinado un fondo especial de 100,000 millones de euros para modernizar su Bundeswehr.
En marzo de este año, la Comisión Europea presentó la primera Estrategia Industrial de Defensa Europea (EDIS). El objetivo es ambicioso: que para 2030, los estados miembros compren al menos el 50% de su equipo militar a empresas dentro de la Unión Europea. No se trata solo de gastar más, sino de dejar de depender de los proveedores estadounidenses para cada misil o caza de combate.
El reto: Un ejército, 27 capitales
A pesar del entusiasmo por la independencia, los obstáculos son estructurales. Europa gasta en conjunto más que Rusia en defensa, pero lo hace de forma ineficiente. Mientras EE.UU. opera con un solo tipo de tanque principal, Europa utiliza más de diez modelos diferentes, lo que hace que la logística sea una pesadilla coordinar.
Además, existe la «cuestión nuclear». Sin el paraguas de EE. UU., solo Francia posee armas atómicas en la UE, y aún no está claro si París estaría dispuesto a extender esa protección a toda la unión.
Conclusión: La mayoría de edad de Europa
La «autonomía estratégica» no busca destruir la OTAN, sino crear un «pilar europeo» fuerte que pueda actuar cuando los intereses de Washington no coincidan con los de Bruselas.
Europa está en medio de un doloroso proceso de madurez geopolítica. La seguridad ya no se ve como un servicio importado, sino como una responsabilidad propia. Como señalan los analistas en Bruselas: Europa ha pasado de ser un «consumidor de seguridad» a aspirar a ser un «proveedor». El tiempo corre, y en las fronteras del este, el oso ruso observa de cerca si el Viejo Continente es capaz de sostener su propia espada.
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