El fútbol global enfrenta una de sus crisis políticas más agudas a las puertas del Mundial 2026. Mientras la tensión geopolítica escala tras la operación militar de Estados Unidos en territorio venezolano para capturar a Nicolás Maduro, el debate se ha trasladado a los despachos de la FIFA en Zúrich. Claudio Morresi, exfutbolista y exsecretario de Deportes de la Nación en Argentina, ha alzado la voz para exigir una sanción sin precedentes: la expulsión del país anfitrión de su propia cita mundialista.
El argumento legal: El espejo de Rusia
La petición de Morresi no es un simple arrebato emocional; se fundamenta en el Artículo 2.4 de la Carta de las Naciones Unidas, que prohíbe explícitamente el uso de la fuerza contra la integridad territorial o la independencia política de cualquier Estado.
«La FIFA debe prohibirle jugar el Mundial por violar las obligaciones internacionales de no intervenir en asuntos internos. Ya lo hizo con Rusia tras la invasión a Ucrania; actuar de otra manera sería confirmar un doble estándar ético en el fútbol profesional», sentenció Morresi. La comparación es directa y punzante: si el uso de la fuerza militar fue motivo suficiente para borrar a la selección rusa del mapa futbolístico, el ataque a Venezuela —bajo el marco de la renovada Doctrina Monroe— debería acarrear la misma consecuencia para el equipo de las barras y las estrellas.
FIFA ante el dilema de la neutralidad
El ente rector del fútbol mundial se encuentra en una encrucijada legal y reputacional. Sus propios estatutos, específicamente el Artículo 3 (Derechos Humanos) y el Artículo 4 (Neutralidad y Lucha contra la Discriminación), obligan a la organización a garantizar el respeto a la comunidad internacional y a sancionar a cualquier federación que se vea involucrada en actos que vulneren la soberanía de terceros.
Históricamente, la FIFA no ha temido ejercer el «derecho de exclusión»:
- 1950: Alemania y Japón fueron excluidos tras la Segunda Guerra Mundial.
- 1992: Yugoslavia fue apartada de las competiciones por la guerra de los Balcanes.
- 2022: Rusia fue suspendida de toda actividad competitiva.
El peso del anfitrión
Lo que hace este caso único y potencialmente explosivo es que Estados Unidos no es un participante cualquiera, sino el organizador principal del Mundial 2026. Una expulsión de la selección local desarticularía no solo el esquema deportivo, sino los millonarios contratos de patrocinio y logística que sostienen el evento.
Sin embargo, para Morresi y un sector creciente de la opinión pública latinoamericana, permitir que EE. UU. compita mientras ejerce intervencionismo militar en la región enviaría un mensaje de impunidad. La pregunta que recorre las redes sociales y los círculos diplomáticos es clara: ¿Es la FIFA una organización basada en principios universales o sus reglas se detienen ante el poder de la hegemonía estadounidense?
El balón está ahora en el tejado de Gianni Infantino. De su respuesta dependerá si el Mundial 2026 se recuerda como una fiesta del deporte o como el símbolo de una fractura geopolítica que el fútbol ya no puede ignorar.
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